31 diciembre 2005

¿Similar?


Un día más. Otro más de soportar el calor seco de mediodía en las calles de la ciudad, de recorrer un largo camino desde mi casa al norte de la capital hasta el Centro Histórico. Otra vez que tengo que permanecer cuatro horas de pie con este ridículo disfraz. Llevo seis meses así. Por las tardes soy un típico estudiante del segundo semestre de Derecho, y por las mañanas una réplica, como tantas, del Dr. Simi. Pero, de no ser por este empleo, no podría cubrir mis gastos de la universidad, del transporte y los materiales, y mucho menos invitar a salir a Mariana, la chica más linda de mi grupo, que ni siquiera sabe que si pasa un día frente a Bellas Artes y ve una botarga regordeta afuera de la farmacia de medicamentos similares se trata de mi.
Ni siquiera soy similar. Mi aspecto físico dista mucho del personaje. Por el contrario, soy un tipo bastante alto y muy delgado. El trabajo lo conseguí por necesidad, no por gusto. No me gusta bailar y tengo que mover el trasero al ritmo de música pop y cumbianchera que tampoco es de mi agrado.
Lo peor son los niños, esos que de repente pasan con sus papás y me saludan. Y yo, con mi sonrisa falsa en esa enorme cabeza, les extiendo la mano y a veces bailo con ellos. Pero eso no es lo grave, sino los malcriados de la secundaria que caminan por la avenida. Hacen bolita a unos metros de distancia, se dicen algo en secreto y de repente pasa uno, como si nada, y por la espalda me da un empujón. Volteo y está ya en la esquina, mientras los otros se ríen y me señalan. Yo sigo bailando, como si nada hubiera pasado. Y así pasan dos, tres, cuatro y cinco.
En una ocasión me aventaron todos juntos. Siempre son los mismos vándalos y nadie les dice nada. Esa vez me tiraron. Con tremenda panza no podía levantarme, hasta que uno de los polícias turísticos llamó a su pareja y entre los dos me ayudaron. "Híjoles, estás re pesado. Y con esa panza, pos con razón no te parabas cabrón", dijo uno de ellos. No sabía si reirme o llorar. Ellos se alejaron cuchicheando y con unas cínicas risitas.
Lo bueno de la ubicación es ver a las turistas, a esas rubias gringas y europeas que suelen caminar por aquí y con las que me doy buen taco de ojo, total que detrás de este inocente y ridículo disfraz nadie sospecharía que las veo con cierta lujuria.
Ah, pero volvamos a Mariana. Un día me dijo que si pasaba cerca de mi trabajo para que saliéramos. Obviamente le dije que no. El más mínimo cálculo en el tiempo y podría verme vestido así, aunque quizá ni siquiera sabría que soy yo.
Hoy, a pesar de ser invierno, el calor está brutal. Hay demasiada gente haciendo sus compras post-navideñas. Y yo la verdad no tengo humor de estar aquí. Si mis cálculos no fallan, me queda una hora de chamba y ya, a volar. No sé cuánto más pueda aguantar esto, que me resulta tan nefasto. Pero es que para alguien como yo, que aún está estudiando, está cabrón encontrar otro trabajo en el que no me pidan experiencia y me paguen relativamente decente.
Oh, no. Esto no puede ser cierto. Ahí están los chamacos. Otra vez todos en bola. Y no vienen de la secundaria. Oh, oh. Creo que vendrán todos juntos. Una, dos, tres. ¡Pum! Otra vez en el suelo. Ahora sí ví estrellas. Y los cinco parados frente a mi, señalándome con sus dedos castigadores y con enormes y malévolas carcajadas. Esto ya no puede continuar. Me quito la cabeza enorme, trato de levantarme y ellos huyen. ¡Carajo!
"¿Tú? ¿El doctor Simi? Qué loser...", dice Mariana, que de casualidad y por mi mala suerte iba pasando.
Renuncio. Una humillación más y las medicinas que puedo tener gratis, podrían ser el alma letal para acabar con mis desgracias.
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