19 julio 2007

Más carita/introducción a un texto sin destino seguro

No cabía la menor duda. Apolonio Rodríguez era el joven más carita del barrio. A sus 30 años no había mujer que no pusiera sus ojos en él.

Valían la pena las ocho horas diarias de gimnasio que desde hace más de 15 años practicaba: un abdomen “de lavadero”, fuertes brazos que ninguna fémina resistía, piernas marcadas que podrían aguantar horas y horas de caminata, y unos glúteos que incontables vecinos catalogaban de postizo.

--Ese mi Apo, ¿a dónde tan solito?—preguntó María, una de las vecinas de la unidad habitacional donde vivía, quien todas las tardes se sentaba en una de las jardineras a fumar y ver la gente pasar.

María era conocida por sus provocativos atuendos. Esa tarde de primavera vestía una falda de mezclilla que llegaba a la mitad de sus muslos, una blusa amarrada al cuello con un pronunciado escote, y unas sandalias con un tacón tan grande que de alguna manera disimulaban su menuda estatura.

--Pues adonde siempre, güera. ¿No te cansas de preguntar diario lo mismo?—dijo Apolonio.

--No, carita. Nunca me cansaré de hacerlo, hasta que me dejes acompañarte.

--Güera, ya te dije que no. Ese es un lugar para hombres. No hay ni una vieja, y ve nomás cómo andas. Te van a faltar al respeto.

--Mejor piérdeme tú el respeto.—María se paró frente a Apolunio, pasando su dedo índice por los labios de él y acercándose a una distancia peligrosa.

--No, güera. Ahí te ves.

Apolonio dio la vuelta y se alejó sin más.

--Ya caerás, carita. Ya caerás.

Llegado al gimnasio, Apolonio entró a los vestidores. Guardó su maleta y se despojó de la ropa para quedar en unas mallas negras, sumamente ceñidas al cuerpo, que marcaban aún más su, literalmente, increíble trasero.

12 julio 2007

Gol

Veintidós hombres corriendo tras un balón provocan situaciones contrarias: los unen y a la vez los distancian. Por lo menos una vez a la semana, la pareja acude a un bar a ver los partidos de fútbol. Copas van y vienen, copas nacionales e internacionales, equipos locales y extranjeros, cervezas y whisky. El escoge la mesa más cercana al televisor, ella piensa que debería estar haciéndose el manicure. El calentamiento empieza con una charla trivial: que tal el día, que planes para el día siguiente y si llueve mucho afuera. El encuentro inicia. El toma la mano de ella. Ella lo siente cerca y piensa en darle un beso. El simplemente esta concentrado en seguir el balón con la mirada. Ella mira a su alrededor y ve otras de su equipo también en desventaja. Ellos vociferan ante las malas jugadas. Ellas callan, piensan en los niños, en la casa y en la cena. Ellos creen ser el director técnico e indican la mejor jugada a los jugadores que no los oyen. Ellas no pueden ocultar el gesto de hastío. El grita gol, aplaude y suelta su mano. Ella sabe que lo ha perdido. El busca la mano de ella. Ella se la extiende. El sabe que la tiene. Ella sabe que lo tiene. Al medio tiempo comparten un par de comentarios. Un te quiero. Ella anota un beso en los labios de el. El la abraza. El juego se retoma. Ella domina el territorio, le acaricia el cuello, le cuenta cosas importantes. El la escucha atento. Ella cree que ha ganado. El regresa la mirada al televisor. Ella asume que se confió demasiado. El sostiene su mano. Ella calla, juguetea con su cabello. El no se inmuta. La contienda termina. Ambos se levantan. Saben que en su juego hay un empate.
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