No cabía la menor duda. Apolonio Rodríguez era el joven más carita del barrio. A sus 30 años no había mujer que no pusiera sus ojos en él.
Valían la pena las ocho horas diarias de gimnasio que desde hace más de 15 años practicaba: un abdomen “de lavadero”, fuertes brazos que ninguna fémina resistía, piernas marcadas que podrían aguantar horas y horas de caminata, y unos glúteos que incontables vecinos catalogaban de postizo.
--Ese mi Apo, ¿a dónde tan solito?—preguntó María, una de las vecinas de la unidad habitacional donde vivía, quien todas las tardes se sentaba en una de las jardineras a fumar y ver la gente pasar.
María era conocida por sus provocativos atuendos. Esa tarde de primavera vestía una falda de mezclilla que llegaba a la mitad de sus muslos, una blusa amarrada al cuello con un pronunciado escote, y unas sandalias con un tacón tan grande que de alguna manera disimulaban su menuda estatura.
--Pues adonde siempre, güera. ¿No te cansas de preguntar diario lo mismo?—dijo Apolonio.
--No, carita. Nunca me cansaré de hacerlo, hasta que me dejes acompañarte.
--Güera, ya te dije que no. Ese es un lugar para hombres. No hay ni una vieja, y ve nomás cómo andas. Te van a faltar al respeto.
--Mejor piérdeme tú el respeto.—María se paró frente a Apolunio, pasando su dedo índice por los labios de él y acercándose a una distancia peligrosa.
--No, güera. Ahí te ves.
Apolonio dio la vuelta y se alejó sin más.
--Ya caerás, carita. Ya caerás.