20 julio 2008

Sabor al compás

Un tonic con Smirnoff. Un Absolut con jugo de arándano. Hablando de esto y lo otro, de aquí y de allá, de ti y de mi, de dientes y sangre, de sueños y decretos, de trabajo y renuncias, de palabras graves y conjugaciones verbales. Miradas cruzadas de un lado a otro de la mesa y miradas perdidas hacia la ventana. Silencios cómodos entre la mezcla de mambo, rock noventero y pasito duranguense. De repente tomaste mi mano y silueteabas mis dedos con los tuyos. Mi mente se dividía entre coordinar las palabras con las que te contaba lo difícil que es aprender los números en japonés y en reconocer la sensación de tu mano recorriendo con una mezcla de timidez y arrebato mi hombro, mi brazo. Luego bailamos. Y tu mano en mi cintura. Y la otra en mi espalda. Y mientras yo pensaba en lo difícil que es encontrar alguien con quien puedas bailar al mismo ritmo. Otro par de vodkas y a bailar otra vez. Y mis brazos rodeando tu cuello. Y tus manos en mi cintura. Y entonces tus labios en los míos, y nuestros cuerpos juntos en cadencia al compás de música tropical. En un beso que quisimos eterno y en el que olvidé cómo conjugar el verbo saber de sabor. Pero es que los besos así son agridulces, saben a salsa y a merengue. A la seguridad de querer que no terminen y a la incertidumbre de no saber cómo acabarán. Perdí la noción del tiempo con tus labios. Encontraste mi punto débil en el cuello y lo marcaste. Quise que la noche no se nos agotara. Y me abrazaste en la calle con ternura. Un beso más de buenas noches. Y la esperanza de otro beso con tu sabor.
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