07 enero 2006

Sin título

Medianoche. Llevaba dos horas en la computadora, sentada frente al monitor con un documento de texto en blanco. Dos horas, 120 minutos, 7 mil 200 segundos. Decenas de personajes rondando su cabeza, todos hablando al mismo tiempo y diferentes idiomas, pero ninguno tan atrevido como para tomar la palabra y contar su historia. Una Babel imaginaria, con hombres, mujeres y niños de diversos orígenes, apariencias y características. Varias tazas de té de por medio, de sabores tropicales o tradicionales para incitar a las musas a seducir a uno de esos personajes a que confesara su vida. Pero ninguna lo logró. Apagó la máquina. Se quitó los lentes y se talló los ojos. Decidió ir a su cama para, en los brazos de Morfeo, descansar hasta el día siguiente.
Sorpresa. Una hora más tarde y seguía despierta bajo las sábanas. Las voces seguían ahí. No era esquizofrenia. Eran los mismos personajes imaginarios que no la dejaban dormir, porque todos creían que su historia era lo suficientemente importante para ser contada, pero no se ponían de acuerdo para que, uno por uno, la fueran contando. Prendió la luz. Sacó su cuaderno, aquél en el que tantos relatos habían sido comenzados y ninguno concluído. Pensó que esta vez sí le daría fin a alguna, o que seleccionaría de entre tantas voces a la más sobresaliente. "Había una vez...". Tachó. "Era una noche fría...". Tachó de nuevo. "Mi madre me decía...". No, no era un buen inicio. Alguna vez leyó que, si el comienzo de un texto no es lo suficientemente bueno, no conseguiría atrapar a los lectores. Dejó el cuaderno y se levantó frente al librero que casi escupía los volúmenes por ya no tener espacio. Eligió uno al azar. Leyó el primer párrafo. Uno más, y otro, y otro. Y así hasta llenar la cama de ellos. No todos tenían un inicio contundente. No todos la enganchaban desde ese primer momento. Los tiró al suelo. Se sentó de nuevo y comenzó a escribir. Un párrafo. No era bueno. Otra hoja. Otra vez. Nada. No había título, no había historia. Los personajes imaginarios callaron. Ahora sí había que dormir. Las tres de la mañana. Tal vez al día siguiente uno tomaría valor para contar su historia. Tal vez no. Tal vez nunca.

03 enero 2006

Crónica de una quinceañera rebelde

Ahora, despierta la mujer que en mí dormía
y poco a poco se muere la niña,
empieza la aventura de la vida.
"Quinceañera", Timbiriche.

Chale. Qué oso. Bien le había advertido a mi madre que no quería una fiesta de estas ("ay, mi reina, pero si todas tus amiguitas te van a envidiar, además te verás chu-lí-si-ma"), que no iba a bailar el vals con los changoleones, ejem, digo, chambelanes, y que cero adornitos cursis y ridículos como los que pusieron en el salón de fiestas. Ojalá que haya más tráfico de aquí al banquete, porque la neta me da mucha pena entrar con este vestido como de muñeca de pastel, con holanes rosas y florecitas en la falda. Además me pican las pantimedias, los tacones están súper altos y ya siento que el corsé no me deja respirar. Seguramente ahí estarán Cinthia, Perla y Ana Luisa, con sus respectivos novios, y ojalá que haya llegado el bombón de Carlos. Nomás lo invité para verlo todo lindo, así en su traje y con el cabello peinado. Ay, pero que oso que me vea así, con este vestido de pseudoprincesa que ni siquiera estuve al 100 por ciento de acuerdo en ponerme. Oh no, hasta me sudan las manos... Ni modo, tendré que fingir toda la noche la sonrisa de felicidad por tener a tanta gente reunida y bla bla bla... Ay, creo que ya llegamos. Respira, respira. Nadie debe notar que estás nerviosa. ¿Nerviosa yo? Bueno, sí un poco, porque es demasiado complicado caminar con un vestido de este tamañote y con unos zapatotes como estos. Ahí voy. ¡Oh, Dios! ¿Por qué no se abre la tierra en este momento y regreso el lunes ya que haya pasado el ridículo? Sonríe, sonríe, como si no pasara nada y fueras una princesa de verdad. --Y ahora, démosle un aplauso enorme a la quinceañera. ¡Tania!Sí, sí, recuerda a las modelos que has visto en la tele. Mirando al frente, sonrisa de oreja a oreja, segura de tí misma, bajando la escalera. Un pie, luego el otro, cuidado con que el tacón no se atore ni en la alfombra ni en el vestido. Muy bien. Ya estamos abajo. ¿Y ahora? Ah, sí. Ahí está mi mamá señalando hacia la mesa de gala, donde están sentados los seis chambelanes: dos primos, un vecino y tres compañeros de la escuela. Sonríe, sigue caminando. Chale, todos los invitados están de pie y aplaudiendo. Qué raro es todo esto... --Ay, amiguis. Muchas felicidades. Te ves súper linda. Mira, te presento a Marco. Oye, te traje este regalito. O sea, no es mucho, ¿verdad?, pero pues es para que sepas que aquí estuve, ¿oki? Bueno, ahorita nos vemos. ¿No vienes? Vamos a bailar. Cinthia, como siempre presumiendo a su wey. Sí, la neta es carita. Y ella no se ve mal. Creo que hasta se ve menos gorda que en la escuela. ¿Pero por qué la invité, si ni siquiera es de mis mejores amigas? Además clarito sentí el veneno cuando dijo "te ves súper linda". Sí, claro, seguramente... Pero, ¿y Carlos? No lo veo por ningún lado. --¡Ah, por cierto!-- Cinthia la venenosa de nuevo-- Vi esta tarde a Carlos, y me dijo que tal vez no podría venir porque, ya sabes, tenía muchas cosas que hacer. ¿Muchas cosas qué hacer? ¿Pero qué le pasa? Si le avisé de la fiesta desde hace más de un mes y ya me había confirmado. Cerdo. Ni modo, ojalá que no sea cierto esto que dice Cinthia. --Les pedimos un aplauso porque la señorita quinceañera bailará el vals. Pedimos la presencia de su abuelo, el señor Arnulfo López y de la quinceañera en la pista. ¡Música, maestro!Oh, por Dios. Ni modo, al mal paso darle prisa. Ah, mi abuelito. Por lo menos él si sabe bailar esto, porque ya quiero ver a los nacos de los chambelanes dándome el pisotón a cada rato. --Que pase su tío, el señor Ramiro López... ahora pedimos la presencia de su padrino, el señor Bruno Rivas... y que pase a la pista el padrino del pastel, Santiago Bravo... sí, que se oiga el aplauso de la familia para la quinceañera...Ay, ya me cansé. Creo que han pasado como 10, y lo peor es agarrarle el paso a todos, y escuchar sus felicitaciones de "no, mija, si me acuerdo cuando te cargaba". O sea, hello! Eso fue hace 15 años. "Pero si te has puesto bien linda, cuánto has crecido". A huevo, ¿o qué los años no pasan en vano? Chale. Ahí vienen más. Sonríe, sonríe. --Y ahora, que vayan pasando uno a uno los chambelanes. Pedro López... Juan López... Adrián Martínez...Maldita la hora en que le dije a Adrián que fuera mi chambelán. Hace tiempo quería andar conmigo, pero ¡gua-ca-la! Con esa dentadura y su cara de nerd, obvio no le diría que sí. Sería la burla de toooodas las niñas de la escuela. Aunque es buen tipo él. --Diego Vázquez...Pero mira nada más. Si Diego tiene bonitos ojos. Ya, pues si no se hace nada con Carlos, pues le coqueteó a éste y todo bien. Pero es tímido, hasta le da como que pena bailar conmigo y tomarme de la cintura. ¡Andele, aproveche!--Martín Hernández...Nomás porque lo conozco de toda la vida y porque me hacía falta uno de relleno para el sexteto, pero si no, creo que ni lo invito. Bueno, mi madre lo habría hecho. Además, viéndolo bien, sí sabe bailar. Al rato me aviento una salsita con él, porque se la pasa en los bailes de la colonia y de hecho es como el galán del barrio. Quién lo viera...-- Alejandro Barragán...Este si que es carita. ¡Y también aventado! Sin dudarlo como los otros, ya me apretó juntito a él. Y baila bien hasta eso. No me ha pisado, y... ¡wow, qué ojos! Si no estuviera mi familia, ya le hubiera plantado un beso. Ah jajaja... no, creo que no, mejor nomás le echo el can y ya. --Que suene ese aplauso y, para terminar, que pase Carlos Albarrán. ¿Qué? ¿Carlos? Ay no, ay no, esto debe ser un sueño. Ay, aquí está. Sónríe. Dí algo. No, no digas nada. Ahora sí me siento como princesa. Después de todo no es tan malo. --Te ves muy guapa. Muchas felicidades. ¡Lo dijo! No lo puedo creer. Abrazo, besito en la mejilla. Seguimos bailando. --Disculpa la tardanza, pero no encontraba una camisa. No podía perderme la fiesta de la niña más linda de la secundaria. ¿Te la has pasado bien?Sí, claro. La fiesta ha estado genial. La neta no, todo era gris hasta que llegaste. Chale, ¿por qué no puedo abrir la boca y decírselo? No importa. Este es el mejor baile de mi vida, la mejor fiesta, y el vestido hasta parece de princesa. Al fin, aquí está mi príncipe, con el que bailaré toda la noche hasta perder la zapatilla. Y ni las hermanastras, ni las brujas, nadie me arruinará este momento. Después de todo, el ridículo no es tan malo.

...escrito en diciembre de 05...

02 enero 2006

WePod

Camino a paso rápido. Alguien me espera del otro lado de la ciudad. Para que el trayecto no sea tan tedioso y para no tener que ir escuchando las conversaciones de la gente en el transporte público, que a fin de cuentas ni me interesan, decido ponerme los audífonos de mi iPod y escuchar algo de la amplia selección que traigo: un poco de rock, otro poco de pop, algo de world music y algunas baladitas que nadie imaginaría que escucho....You say you want a revolution... El tráfico en esta ciudad cada vez es más insoportable, pero gracias al equipo de Steve Jobs puedo tener mi propia música con tan sólo un botón y ya no tengo que cargar, como antaño, con un walkman y decenas de casettes; el discman y un portacd's con el top 10 de los álbumes recomendados por Billboard. No. Ahora resulta más sencillo: un aparatito de estos que mínimo puede tener unas 500 canciones o almacenar hasta 60 G de audio y vídeo. Ni siquiera tengo que gastar en discos, porque la música la bajo de internet y ya está. ¡Caray! Pero qué tarde es. Más vale que apresure el paso....Where the streets have no name, where the streets have no name... Parece que no soy la única que prefiere encerrarse en su mundo y escuchar sólo lo que yo quiero oír. Resulta fácil reconocer a los ipoders en la calle: basta con mirar subiendo por su torso hasta llegar a los oídos los blancos audífonos del gadget. Y hasta dicen que dependiendo la capacidad de almacenaje del aparato, puedes darte cuenta del poder adquisitivo del usuario. Por ejemplo, aquél chico parece ser de los que les gusta el jazz, anda bien vestido y seguramente trae uno de 20 G. En cambio, aquel otro se ve medio happy punk y tal vez carga uno de 4 G. Aquí seguramente aplicaría una frase como "dime qué oyes y te diré quién eres"....And I'm free, free fallin'... Portar un iPod nos aisla por un rato del mundo real, elegimos el soundtrack de nuestras vidas al correr, al caminar, al ir de aquí para allá con los audifonos puestos. Nos metemos en burbujas sonoras y cruzamos miradas con los demás, pero no hay palabras. Reconocemos a los semejantes, a los que traen un aparato igual o similar, y se dan ciertas complicidades. Nos da curiosidad saber qué escucha el otro, qué pasa por su mente mientras oye tal o cual canción. A qué hora oye qué tipo de música, si tiene placeres culpables en sus gustos musicales, o si su personalidad musical dista mucho de lo que aparenta ser en la vida diaria.....God knows you're lonely souls... Oh, no. Me falta aún mucho por llegar. Y esto ya no tiene pila. ¡Mierda! Ahora tendré que aguantar las conversaciones que no me interesan, la música que no me gusta a elección del microbusero, los cláxones de los autos en medio del tráfico, las mentadas de madre de los automovilistas, entre otros muchos ruidos que yo no elijo. Ni modo, nadie dijo que la tecnología fuera infalible....It's evolution, baby...

...escrita originalmente en diciembre 05...

01 enero 2006

De vuelta



A mi viejito, con todo mi corazón.
Para que me dures siempre de los siempres.
Le encantaba viajar. Toda su vida lo había hecho, hasta hace unos años que le detectaron un tumor en la cabeza. Desde ese entonces su vida no era igual. Afortunadamente, la medicina hoy en día ya no es algo de lo que se pueda dudar tan fácilmente. Los avances de la ciencia han logrado que, tras unas cuantas cirugías, la mole maligna fuera retirada. Sin embargo, eso no es nunca infalible. Siempre crece y vuelve a crecer. Afortunadamente parecía que nada le hubiera pasado en estas más de siete décadas.
Nadie en la familia sabía a ciencia cierta su edad. Ahora parecía un niño, como uno de sus nietos, quizá como el más pequeño. De mañana, sacaba una decena de jaulas al patio de su casa, cada una con uno o dos canarios y pericos australianos que cantaban sin cesar todo el día. Él les hablaba, ellos respondían silbando y parecían entenderse. "Me siento como ustedes. Encerrado en esta casa, sin poder volar", se lamentaba al verlos.
Jugaba. Imaginaba qué sería de él sin sus inseparables aves. Y qué sería de ellas sin él. Ya nadie las cuidaría, nadie les cambiaría el alpiste y el agua, ni les daría su vaina. No podía irse todavía, aunque decían que la muerte ya lo rondaba.
Por fuera, siempre fuerte. Era el sostén de la familia. Siempre sonriente. Por dentro, los achaques eran cada vez mayores. De noche era peor. El dolor en la cabeza, insoportable, como cientos de cuchillos enterrándose a la vez. Sollozaba en su cama, debajo de la almohada, cubierto como los niños con las cobijas hasta la cabeza para que su mujer, en la cama de junto, no lo escuchara.
Ella estaba harta. El hastío era evidente en su rostro. Muecas todo el tiempo. ¿Dónde había quedado el amor de más de 50 años de matrimonio? Ninguno lo recordaba, ni sus hijos. Si seguían juntos quizá era por el "qué dirán" y por las costumbres de antaño.
Esa noche no aguantó más. Se levantó y caminó al baño en busca de una píldora que calmara el dolor. Se vio al espejo. No creía que frente a él estaba ese hombre anciano, con unos cuantos cabellos en la cabeza, con los ojos cansados de la vida. Las lágrimas escurrían por su rostro. No sabía si por el dolor físico o el emocional, el no haberle dicho a sus hijos cuánto los quería, el haber mostrado siempre un aspecto duro para imponer su autoridad, la ausencia de su esposa presente que ya no mostraba el menor interés, la presencia ausente de la muerte que soplaba frío en su oreja.
"Aún no. No puedo irme", murmuró al espejo, viendo detrás de sí, tratando de buscar a la catrina que se lo llevaría al baile.
Una sensación de calor lo invadió. El dolor desapareció de pronto. Sonrió. Parecía que todo había vuelto a la normalidad, a esa aparente situación normal que tampoco existe.
Todas las memorias volvieron de pronto. Todos los pendientes que debía concluir antes de retirarse.
"Ese es un viaje muy largo para el cual no estoy preparado", pensó. Se lavó la cara. Respiró profundo y caminó de vuelta a la cama para dormir, como niño, como nunca. Como siempre.


De fondo: Music for airports-Brian Eno
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