10 febrero 2006
La esperanza nunca muere
Sentía calor. La gente iba muy apretada en el vagón del metro. Por suerte, estaba a sólo un par de estaciones más antes de llegar a su destino. Esperanza iba en un rincón, de pie, junto a un par de enormes costales de harina cerrados con un mecate casi a la fuerza. Parecía que iban a reventar en cualquier momento. Miraba de reojo a todos. Con cada mano sostenía la parte superior de cada costal, por temor a que se fueran a caer y dejar salir su contenido. Por fin. Un poco antes de llegar a la estación Zócalo se coló entre la muchedumbre hasta llegar a la puerta del vagón, arrastrando las bolsas. Salió como pudo en cuanto la puerta se abrió, aventando a todos, aunque con dificultad. Al llegar a la escalera eléctrica dejó pasar a unos cuantos. Comenzó a sudar. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Subió el primer costal a la escalera, y con trabajo el siguiente. No se dio cuenta que la parte inferior de uno de ellos se rompió, dejando escapar la gruesa suela de un zapato negro de tipo obrero. Escuchó un ruido y volteó. El agujero en el costal iba creciendo. Ya no era sólo la suela, era el zapato completo y parecía no venir solo. Al fin de la escalera jaló los costales de nuevo y se pegó a la pared. Su respiración se agitó. El corazón latía a mil por hora. "Esperanza, anoche me acosté con otra", recordó la voz de su marido esa mañana mientras ella le servía el desayuno antes de dirigirse a su empleo como cocinera en una fonda. Vio el desperfecto del costal e intentó arreglarlo, metiendo el zapato a la fuerza. "Lo siento, mi amor, estaba muy borracho. No me di cuenta de lo que pasó", de nuevo la voz en su mente. Esperanza comenzó a sollozar mientras, cada vez con mayor dificultad, cargaba los costales. Era de noche. Caminó por la calle de Moneda, mientras sus lágrimas corrían a raudales por su rostro. La gente la miraba con curiosidad. Tal vez llevaba ropa vieja, tal vez uno con prendas y otro con panes. Llegó al exterior de la Iglesia de la Santísima. La calle estaba desierta. Su cabeza se llenó de imágenes mientras miraba a la nada: el plato del desayuno estrellándose en el suelo, su marido pidiendo perdón, ella llorando desconsolada, con unas tijeras de pollero en la mano, el coraje subiendo desde el estómago hasta el brazo, el hombre en el suelo, ella encima de él, las tijeras clavadas en el pecho del hombre 13 veces, el suelo lleno de sangre. Abrió rápidamente uno de los costales. Sacó el cuerpo del marido, lo sentó en el atrio de la iglesia y colocó las tijeras en la mano derecha del cadáver. Se persignó ante él. Le colocó un escapulario y una imagen de San Judas Tadeo en la mano izquierda. Ahí se habían casado hace 13 años. Ahí permanecería él hasta que un vecino denunciara el hallazgo o el personal de limpia lo encontrara por la mañana. Esperanza, se perdió. Perdió la esperanza. Se limpió las lágrimas. Puso el otro costal junto al difunto. Ahí había guardado los recuerdos y las pertenencias. "Por puñal", dijo. Se dio la vuelta y su figura se perdió entre la oscuridad.
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