29 diciembre 2007

Bizco

Éste mira hacia allá. Ésta mira hacia acá. Éste ve lo negro y lo gris, pero ésta sólo distingue colores. Éste prefiere el calor, y ésta el frío. Éste quiere el control, ésta quiere sorpresas. Éste dice rotundamente "no", pero ésta dice "posiblemente sí". Éste cree en lo posible; ésta, en lo imposible. Éste se queda estático, ésta es cinética. Éste voltea al horizonte, ésta, al cielo. Ambos sueñan que se miran. Pero éste mira hacia acá. Y ésta mira hacia allá.

11 noviembre 2007

Flashback

Me abrazó. Para los presentes, pareció un abrazo casual, de amigos. Para él, la satisfacción de sentirme cerca. Para mí, un estrujo en el que la ropa sobraba. Por más que traté, no pude dejar atrás las ocasiones en que compartimos la cama, cuando en el abrazo inicial se despertaba el calor de los cuerpos, y antes de levantarnos sabíamos que nuestras soledades eran complementarias. La distancia fue, de manera consciente y voluntaria, una frontera necesaria para reconstruir nuestras vidas. Su vida. Mi vida. Un pacto de silencio por unos meses, un pacto que no necesitó ser establecido. Sólo se dio, igual, de manera silenciosa. Él con su vida. Yo con la mía. No más ojos color miel en medio de una piel tostada de nacimiento. No más mezclar la leche y la canela. No más encuentros ocasionales intentando descubrir el por qué podíamos estar juntos sólo un par de horas y no un par de vidas. Nomás esperé que no regresara con su sonrisa tímida a intimidarme. Pero volvió, inconsciente e involuntariamente, por casualidades del destino. En un pacto de olvido que no se estableció. Sólo se dio. Atrás quedaron los encuentros, la cercanía implica lejanía. Lo abracé. En él se reavivaron los momentos. En mi se cerró un capítulo.

19 julio 2007

Más carita/introducción a un texto sin destino seguro

No cabía la menor duda. Apolonio Rodríguez era el joven más carita del barrio. A sus 30 años no había mujer que no pusiera sus ojos en él.

Valían la pena las ocho horas diarias de gimnasio que desde hace más de 15 años practicaba: un abdomen “de lavadero”, fuertes brazos que ninguna fémina resistía, piernas marcadas que podrían aguantar horas y horas de caminata, y unos glúteos que incontables vecinos catalogaban de postizo.

--Ese mi Apo, ¿a dónde tan solito?—preguntó María, una de las vecinas de la unidad habitacional donde vivía, quien todas las tardes se sentaba en una de las jardineras a fumar y ver la gente pasar.

María era conocida por sus provocativos atuendos. Esa tarde de primavera vestía una falda de mezclilla que llegaba a la mitad de sus muslos, una blusa amarrada al cuello con un pronunciado escote, y unas sandalias con un tacón tan grande que de alguna manera disimulaban su menuda estatura.

--Pues adonde siempre, güera. ¿No te cansas de preguntar diario lo mismo?—dijo Apolonio.

--No, carita. Nunca me cansaré de hacerlo, hasta que me dejes acompañarte.

--Güera, ya te dije que no. Ese es un lugar para hombres. No hay ni una vieja, y ve nomás cómo andas. Te van a faltar al respeto.

--Mejor piérdeme tú el respeto.—María se paró frente a Apolunio, pasando su dedo índice por los labios de él y acercándose a una distancia peligrosa.

--No, güera. Ahí te ves.

Apolonio dio la vuelta y se alejó sin más.

--Ya caerás, carita. Ya caerás.

Llegado al gimnasio, Apolonio entró a los vestidores. Guardó su maleta y se despojó de la ropa para quedar en unas mallas negras, sumamente ceñidas al cuerpo, que marcaban aún más su, literalmente, increíble trasero.

12 julio 2007

Gol

Veintidós hombres corriendo tras un balón provocan situaciones contrarias: los unen y a la vez los distancian. Por lo menos una vez a la semana, la pareja acude a un bar a ver los partidos de fútbol. Copas van y vienen, copas nacionales e internacionales, equipos locales y extranjeros, cervezas y whisky. El escoge la mesa más cercana al televisor, ella piensa que debería estar haciéndose el manicure. El calentamiento empieza con una charla trivial: que tal el día, que planes para el día siguiente y si llueve mucho afuera. El encuentro inicia. El toma la mano de ella. Ella lo siente cerca y piensa en darle un beso. El simplemente esta concentrado en seguir el balón con la mirada. Ella mira a su alrededor y ve otras de su equipo también en desventaja. Ellos vociferan ante las malas jugadas. Ellas callan, piensan en los niños, en la casa y en la cena. Ellos creen ser el director técnico e indican la mejor jugada a los jugadores que no los oyen. Ellas no pueden ocultar el gesto de hastío. El grita gol, aplaude y suelta su mano. Ella sabe que lo ha perdido. El busca la mano de ella. Ella se la extiende. El sabe que la tiene. Ella sabe que lo tiene. Al medio tiempo comparten un par de comentarios. Un te quiero. Ella anota un beso en los labios de el. El la abraza. El juego se retoma. Ella domina el territorio, le acaricia el cuello, le cuenta cosas importantes. El la escucha atento. Ella cree que ha ganado. El regresa la mirada al televisor. Ella asume que se confió demasiado. El sostiene su mano. Ella calla, juguetea con su cabello. El no se inmuta. La contienda termina. Ambos se levantan. Saben que en su juego hay un empate.

19 junio 2007

Chisme

- Y que le dice, 'no', le dice, 'mejor véngase a la casa', le dice. Y pues que se va.
- ¿Y luego?
- Pues que llegan a la casa, oiga. Y que él la empieza a toquetear, oiga, ya sabe, así como que no quiere la cosa, pero como que sí quiere y como que uno que se hace así de la boca chiquita, oiga.
- ¿Y luego?
- Pues que ella nomás no se hizo del rogar, oiga, y que se pone flojita y cooperando. Y ya pa' qué le cuento, oiga.
- Híjoles.
- Sí, oiga. Y que le digo, 'mira', le digo, 'tú siempre con tus cosas, oyes', le digo. Y es que no hace caso, oiga. Se pone así, como fiera, cuando uno le dice las cosas y nomás no se puede, oiga. No se puede.
- No, pues no.
- -Y es que lo que pasa es que ella está necia con él, oiga. Si ya sabe que es casado y que lo que es su esposa se las huele, y pues no está bien, oiga. Yo ya le dije que no está bien, pero ella nomás no me hace caso.
- ¿Y qué hará?
- Ella no sé. Yo, tampoco.
- ¿Entonces?
- Pues ya le dije, 'oye', le dije, 'ya con tu domingo siete a ver como le haces, comadrita', le dije. Pero ahí seguirá, duro y dale, duro y dale con él.
- Ah, caray.
- Ni modos. Pos ni modos que aplique eso, lo que viene siendo el amarrárselo como pueda, oiga. Porque el hombre ni va a querer, la va a mandar a volar segurito, oiga.
- Como todos.
- Pues sí. ¿Cómo ve, oiga?
- No, pues'ta mal.
- Pues a ver qué.
- Pues sí.
- Bueno, pues ahí nos vemos.

06 junio 2007

Robo exprés

Las manos al teclado. Esto es un asalto literario. Entrégueme todas las palabras que tenga. Ahí de usté si se queda con alguna, porque no lo cuenta. Y no oponga resistencia. ¿Qué no ve que está acorralada? Sí, todas estas viejas aquí son las musas que no la dejarán en paz hasta que suelte todo. Y de aquí no se va hasta que lo haga. Tengo aquí un montón de hojas en blanco. ¿A poco no la aterran? Y se las puedo aventar una a una o todas juntas, depende de cómo se porte. Así que, flojita y cooperando. Afloje cada letra, déjela salir. Total, que si nomás no quiere, pues ya está de usté. Que se le atoran las palabras, que se le agolpan en el pecho, que se le juntan en los dedos. ¿Qué no escuchó la historia del escritor que un día no pudo escribir más y se ahogó en sus palabras? ¿Y aquella otra donde la narradora fue asesinada por los personajes que no quiso escribir? N'hombre... y esas son suavecitas. Me conozco otras peores. No es que yo sea malo o que la quiera espantar. Verdá de Dios que no, pero pues más le vale que me las entregue todas, todititas, y ya verá lo que es bueno. ¡No, no! ¡No se ponga morada! Mejor escúpalas, échelas aquí que hay bastante espacio. ¿Que no? Mi reina, mejor coopere o me la trueno. Mejor por las buenas y luego se va, por el mismo camino por el que llegó. Oiga, oiga. Chale. Se le atoró una dobleu que no supo acomodar. Ni pedo. Musas, tráiganse otra.
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