01 enero 2006

De vuelta



A mi viejito, con todo mi corazón.
Para que me dures siempre de los siempres.
Le encantaba viajar. Toda su vida lo había hecho, hasta hace unos años que le detectaron un tumor en la cabeza. Desde ese entonces su vida no era igual. Afortunadamente, la medicina hoy en día ya no es algo de lo que se pueda dudar tan fácilmente. Los avances de la ciencia han logrado que, tras unas cuantas cirugías, la mole maligna fuera retirada. Sin embargo, eso no es nunca infalible. Siempre crece y vuelve a crecer. Afortunadamente parecía que nada le hubiera pasado en estas más de siete décadas.
Nadie en la familia sabía a ciencia cierta su edad. Ahora parecía un niño, como uno de sus nietos, quizá como el más pequeño. De mañana, sacaba una decena de jaulas al patio de su casa, cada una con uno o dos canarios y pericos australianos que cantaban sin cesar todo el día. Él les hablaba, ellos respondían silbando y parecían entenderse. "Me siento como ustedes. Encerrado en esta casa, sin poder volar", se lamentaba al verlos.
Jugaba. Imaginaba qué sería de él sin sus inseparables aves. Y qué sería de ellas sin él. Ya nadie las cuidaría, nadie les cambiaría el alpiste y el agua, ni les daría su vaina. No podía irse todavía, aunque decían que la muerte ya lo rondaba.
Por fuera, siempre fuerte. Era el sostén de la familia. Siempre sonriente. Por dentro, los achaques eran cada vez mayores. De noche era peor. El dolor en la cabeza, insoportable, como cientos de cuchillos enterrándose a la vez. Sollozaba en su cama, debajo de la almohada, cubierto como los niños con las cobijas hasta la cabeza para que su mujer, en la cama de junto, no lo escuchara.
Ella estaba harta. El hastío era evidente en su rostro. Muecas todo el tiempo. ¿Dónde había quedado el amor de más de 50 años de matrimonio? Ninguno lo recordaba, ni sus hijos. Si seguían juntos quizá era por el "qué dirán" y por las costumbres de antaño.
Esa noche no aguantó más. Se levantó y caminó al baño en busca de una píldora que calmara el dolor. Se vio al espejo. No creía que frente a él estaba ese hombre anciano, con unos cuantos cabellos en la cabeza, con los ojos cansados de la vida. Las lágrimas escurrían por su rostro. No sabía si por el dolor físico o el emocional, el no haberle dicho a sus hijos cuánto los quería, el haber mostrado siempre un aspecto duro para imponer su autoridad, la ausencia de su esposa presente que ya no mostraba el menor interés, la presencia ausente de la muerte que soplaba frío en su oreja.
"Aún no. No puedo irme", murmuró al espejo, viendo detrás de sí, tratando de buscar a la catrina que se lo llevaría al baile.
Una sensación de calor lo invadió. El dolor desapareció de pronto. Sonrió. Parecía que todo había vuelto a la normalidad, a esa aparente situación normal que tampoco existe.
Todas las memorias volvieron de pronto. Todos los pendientes que debía concluir antes de retirarse.
"Ese es un viaje muy largo para el cual no estoy preparado", pensó. Se lavó la cara. Respiró profundo y caminó de vuelta a la cama para dormir, como niño, como nunca. Como siempre.


De fondo: Music for airports-Brian Eno

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