Medianoche. Llevaba dos horas en la computadora, sentada frente al monitor con un documento de texto en blanco. Dos horas, 120 minutos, 7 mil 200 segundos. Decenas de personajes rondando su cabeza, todos hablando al mismo tiempo y diferentes idiomas, pero ninguno tan atrevido como para tomar la palabra y contar su historia. Una Babel imaginaria, con hombres, mujeres y niños de diversos orígenes, apariencias y características. Varias tazas de té de por medio, de sabores tropicales o tradicionales para incitar a las musas a seducir a uno de esos personajes a que confesara su vida. Pero ninguna lo logró. Apagó la máquina. Se quitó los lentes y se talló los ojos. Decidió ir a su cama para, en los brazos de Morfeo, descansar hasta el día siguiente.
Sorpresa. Una hora más tarde y seguía despierta bajo las sábanas. Las voces seguían ahí. No era esquizofrenia. Eran los mismos personajes imaginarios que no la dejaban dormir, porque todos creían que su historia era lo suficientemente importante para ser contada, pero no se ponían de acuerdo para que, uno por uno, la fueran contando. Prendió la luz. Sacó su cuaderno, aquél en el que tantos relatos habían sido comenzados y ninguno concluído. Pensó que esta vez sí le daría fin a alguna, o que seleccionaría de entre tantas voces a la más sobresaliente. "Había una vez...". Tachó. "Era una noche fría...". Tachó de nuevo. "Mi madre me decía...". No, no era un buen inicio. Alguna vez leyó que, si el comienzo de un texto no es lo suficientemente bueno, no conseguiría atrapar a los lectores. Dejó el cuaderno y se levantó frente al librero que casi escupía los volúmenes por ya no tener espacio. Eligió uno al azar. Leyó el primer párrafo. Uno más, y otro, y otro. Y así hasta llenar la cama de ellos. No todos tenían un inicio contundente. No todos la enganchaban desde ese primer momento. Los tiró al suelo. Se sentó de nuevo y comenzó a escribir. Un párrafo. No era bueno. Otra hoja. Otra vez. Nada. No había título, no había historia. Los personajes imaginarios callaron. Ahora sí había que dormir. Las tres de la mañana. Tal vez al día siguiente uno tomaría valor para contar su historia. Tal vez no. Tal vez nunca.
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